• DATOS DE INTERÉS

    INVITADA:
    Ileana Diéguez

    ANFITRIONA:
    Juliana Rabelo


    Sinopsis:

    Ileana Diéguez comienza recuperando la noción del pensamiento situado, haciendonos reconocer la condición de experiencia en la producción de cualquier práctica, incluso el pensamiento. Desde la perspectiva de Donna Haraway, la defensa de la “naturaleza encarnada de la vista” implica posicionarse contra un sistema sensorial desencarnado que ha querido colocar el dispositivo de la visión como poder de dominación en las sociedades científicas y tecnológicas, militares y masculinizadas.

    Otros teóricos que ayuden a pensar la teatralidad como dispositivo expandido serán Víctor Turner (liminalidad, drama social, communitas), Rosalind Krauss (campo expandido), F. Lordon (economía de la visibilidad), Achille Mbembe (necropoder), Hannah Arendt ( instrumentalidad de la violencia), Nicolas Evreinov (teatrocracia), Georges Balandier (teatrocracia), Michael Taussing (estado fisiológico y social), Michel Foucault (teatro punitivo), Bauman (terror difuso, líquido), Elsa Blair (violencia en Colombia), María Victoria Uribe (antropología de la violencia en Colombia), Didi-Huberman (convertir “trabajo de muerte” en “trabajo de mirada”) e Iuri Lotman (semiótica del miedo).

    Los regímenes totalitarios producen subjetividades modeladas en territories del miedo. Los escenarios de la violencia revelan comportamientos representacionales. Ileana piensa que necesitamos desmontar sus usos de corrección y desplegarlas como estrategias que nos ayuden en el desmontaje de cualquier poder que se adjudica la posesión de la verdad y la eterna promesa de mundos idílicos. La maquinaria totalitarista es un escenario donde la autoridad extrema sus funciones pedagógicas para garantizar la sumisión al mandato supremo en clave dramática vinculado al ejercicio y diseminación del terror por todos los medios posibles que aseguren un espacio de muerte y de miedo. La escena política asume una forma trágica cuando la acusación sobre aquellos que amenazan los llamados “valores supremos” es utilizada para legitimar la muerte física o moral.

    Mediante el uso retórico de los cuerpos y las palabras, la espectacularidad política se organiza para sancionar públicamente la transgresión de los interdictos. El poder utiliza medios espectaculares para afirmar su energía. Aterrorizar es parte de los propósitos que guían las prácticas necropolíticas. En una sociedad que ha sido mitificada como modelo del socialismo latinoamericano, esta instalación de necroteatro manifiesta entre varias otras acciones, la configuración necropolítica del régimen que gobierna.

    Las teatralidades del Estado transitan entre las formas persuasivas y la disposición disciplinar extrema, sobre todo cuando los discursos de enemistad blindan los escenarios. En esas circunstancias todos deben colaborar bajo la amenaza “terrorista” y la posibilidad de convertirse en un “traidor a la patria”. Mientras el gobierno trabaja para mantener la seguridad, el país depende de los ojos y oídos de los ciudadanos en alerta que deberán patrullar las fronteras barriales para detectar a los sospechosos. La función policial de la ciudadanía es justificada en nombre del amor a la comunidad y la defensa del bien común.

    Bajo el totalitarismo cualquier manifestación pública de disenso es inmediatamente descalificada y atacada. Cuba es hoy la escena de un teatro trágico que trabaja en la producción de muerte moral y física de cientos de jóvenes. Desde la puesta en práctica de sus políticas de reclusión, represión, y anulación de sujetos cívicos con capacidad de disenso, por vías diversas, Ileana ha afirmado en otros textos que en Cuba opera un régimen que es posible enunciar desde la necropolítica conceptualizada por Achille Mbembe.

    En Cuba se vive bajo las formas de control totalitario --en lo económico, social y político-- a la usanza del modelo soviético; fuimos educados bajo dispositivos panópticos disfrazados de formas colectivas barriales. En consecuencia, el aparato de la policía secreta es la institución más eficaz en la isla, la más temida, pero también la más indeseada. La teatralidad totalitaria despliega un dispositivo panóptico capaz de producir zonas de vigilancia sociopolítica que convierte a todos en posibles enemigos. Y a esos enemigos hay que despojarles, hurtarles cuanto sea necesario: se convence al casero para que te suspenda la renta y te eche a la calle, te decomisan obras de arte y objetos personales, te multan, te roban o confiscan tus medios de comunicación (teléfonos y, cuando hay, tabletas o computadoras), te cortan la electricidad y el internet, te organizan actos de repudio en el barrio, te ponen policías a vigilar el lugar donde vives para impedir que salgas a la calle, te interrogan, te golpean supuestos civiles que son militares camuflados, te detienen, te desnudan, te humillan, te desaparecen temporalmente o te incomunican por días sin que ningún familiar puede saber dónde ni cómo te encuentras, te juzgan mediante procesos sumarios sin derecho a defensa, te convierten en su prisionero/a. Hay muchas maneras de matar, no necesariamente como muerte física, sino sobre todo como muerte social, política, hasta reducirte a lo que los señores del poder llaman “marginales”, “mercenarios”. Dar la muerte es intentar reducir al otro a ser un/a “ilegal” en su propio país, un/a sin derechos, o a ser desterrado. Ileana describe sucintamente el trágico escenario que se vive en Cuba a través de imágenes. El nudo violencia y política ha sido ampliamente visibilizado en zonas de Latinoamérica, pero en torno a la violencia y las violaciones a la vida que tienen lugar en Cuba hay un silencio cómplice.

    A través del “teatro de los castigos” se establece una relación sensible que busca afectar la percepción. Sobre los cuerpos se producen intervenciones en ocasiones sutiles que son parte de un sistema representacional dirigido a enfocar la alerta y a distribuir dosificadamente el miedo. Una política del miedo implica un sistema de representaciones y un conjunto de performatividades dirigidas a producir temor social bajo la creencia de que todo está bajo control.

    Biografía:

    Ileana Diéguez actualmente vive y trabaja en Ciudad de México. Escribe en torno a prácticas artísticas y est/éticas, cuerpos, violencias, teatralidades y performatividades, utilizando la palabra como una manera de accionar para insistir en lo que molesta al poder, a cualquier tipo de poder y en especial a los necropoderes.
    Autora de varios textos sobre estos temas. Es profesora investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa, Ciudad de México.









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    Teatralidad totalitaria.