• DATOS DE INTERÉS

    INVITADA:
    Elisa Goyenechea

    ANFITRIONA:
    Juliana Rabelo


    Sinopsis:

    La charla se centra en la perspectiva de Hannah Arendt sobre la teoría política, la amistad política y la desobediencia civil.
    Reflexionar sobre qué es la política, el sentido de la política, constituyó una ambición constante de Hannah Arendt. La política, como ámbito de reunión a un grupo de iguales, es imperfecta. Sin embargo, tiene su propia luz permeada de las tradiciones donde se inserta. Esta luz surge del intercambio, del debate, de la buena argumentación, de la mutua ilustración. Implica una actitud de apertura, de escucha, una capacidad de negociar (en el buen sentido del término), de ceder posiciones, de convenir, de llegar a un acuerdo.

    La política no es un medio para evitar que los hombres se maten; no es una ciencia práctica directiva que organiza; no es una técnica de la producción; no es una estrategia para asegurar la productividad y el consumo; sino que es un fin en sí mismo, que per se vale la pena realizar. Elisa Goyenechea concluye que pensar y hacer la teoría política con independencia de lo que dicen los filósofos es el gran aporte de Arendt.

    Para abordar el tema de la desobediencia civil Arendt pregunta ¿qué razón tienen los ciudadanos para obedecer la ley en una sociedad de consentimiento? ¿La ley la obedecemos o la consentimos? Cuando decimos en las sociedades libres que obedecemos las leyes, de hecho estamos consintiendo las leyes. En toda sociedad que se basa en el consentimiento siempre está latente, y potencial la capacidad, el derecho de disentir. Siempre que no se disienta abierta y públicamente, doy por sentado que hay un asentimiento tácito. Lo que mantiene vivo a los cuerpos políticos son los ciudadanos, las nuevas generaciones, la participación. Es un balance entre la permanencia y el cambio. Los cuerpos políticos no son artefactos sino que son artificios humanos.

    La democracia no debe ser entendida como el gobierno de la mayoría, sino que es el gobierno de la mayoría sujeto a reglas que implican que debe haber un sabio respeto y espacio para las minorías. Un gobierno irrestricto de las mayorías que podría conseguirse mediante fraude, mediante la dictadura de partido único, mediante el monopolio de los bancos, mediante el copamiento de las instituciones de la justicia resulta tiránico.

    Hannah Arendt defiende a los desobedientes civiles basada en la tradición de la asociación por una opinión (no un fin) común, libre y sincera. Arendt presenta al desobediente civil como una figura política, no como una figura moral (objector de conciencia). El desobediente civil está preocupado por la salud de su patria, por la salud de las instituciones, no por su conciencia moral. El objector siempre es un individuo aislado que piensa en su integridad moral. El objector es uno y su preocupación es la de él consigo mismo, mientras que el desobediente civil junta números a su causa, junta conciencias. Arendt dice: cuando una conciencia aislada logra reunir a muchos por la misma causa cambia de naturaleza, deja de ser moral y deviene política.

    El éxito de una causa es directamente proporcional al número de asociados a esa causa porque así generas poder. Las minorías se unen para hacer frente a las mayorías pues las decisiones que provienen de la mayoría no necesariamente tienen poder vinculante, no tiene que ser ley porque la ley está por fuera de la mayoría. No podemos dejarnos gobernar alegremente por las decisiones mayoritarias porque las mayorías libradas a su propia lógica interna son tiránicas (porque conculcan los derechos de los que piensan distintos).

    Arendt interpreta la philia politike de Aristóteles. Este modelo de vínculo ciudadano haría supérflua la justicia, dice Aristóteles. Aunque asociamos la amistad a la calidez de los sentimientos, Arendt interpreta la philia politike como un vínculo mundano, no es privado es artificial, no nuclea hermanos, no nos hermana (creencia común), no nos hace miembros de una fraternidad (confesión de fe común), no son vínculos de sangre, no son vínculos familiares, tampoco son asociaciones en base a la emotividad y el sentimiento.

    Para Arendt los espacios públicos o los cuerpos políticos no necesariamente se proponen un fin común al que todos deben tender. Es decir, si abogamos y respetamos la pluralidad, las múltiples confesiones de fe, los modos diversos en que queremos asociarnos o cómo llenar las horas y los días, no nos sirve el modelo de nación del siglo XVIII en un mundo de migraciones masivas y encuentro de diferencias.

    En un espacio público plural tenemos que compartir un sentido básico de justicia, pero no necesariamente compartimos todas nuestras convicciones, lealtades o principios axiomáticos. Cuando tengo la evidencia de que los demás piensan distinto viene la larga tarea de debatir, argumentar y persuadir. Tenemos que amigarnos, reconciliarnos, llegar a buenos términos con ese mundo que está poblado por personas divergentes.

    La amistad política es un vínculo de los desiguales. El vínculo del ciudadano no está en el plano de la afectividad y la emocionalidad, está en el plano del logos, de las decisiones prudenciales, de los discernimientos, y lo que nos une es el interés público.

    Biografía:

    Elisa Goyenechea es Dra. en Ciencias Políticas. Licenciada en Filosofía, UCA. Beca posdoctoral otorgada por la Facultad de Ciencias Sociales. Docente de grado y posgrado, investigadora.









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    Hannah Arendt: praxis y libertad.